Cosecha de dulzura
28-04-2006 19:02:08
"Ahora que muere mi juventud, mi vida es como una fruta, como una fruta a la que nada le sobra y anhela darse de una vez, con su carga completa de dulzura". Tagore.

Tú no sabes abrir el capullo y convertirlo en flor.
No, tú no sabes abrir los capullos y convertirlos en flores. Los sacudes, los golpeas,…pero no está en ti el hacerlos florecer. Tu mano los mancha; les rasga sus hojas; los deshace en el polvo,…pero no les saca color alguno, ni ningún aroma.
¡Ay, tú no sabes abrir el capullo y convertirlo en flor!
Me has puesto entre los derrotados.
Me has puesto entre los derrotados. Sé bien que no ganaré, que no podré dejar la partida. ¡Me echaré en la charca, aunque no sea más que para irme al fondo! ¡Jugaré al juego de mi propia ruina!
Apostaré cuanto tengo; y cuando haya perdido lo último, me pondré a mí mismo. Entonces, ya arruinado del todo, habré ganado.
Me riñeron los sabios.
Ellos sabían el camino, y fueron en tu busca por el sendero angosto; pero yo lo ignoraba, y me salí de él, y me puse a vagar en la noche.
Como no me habían enseñado a temerte en la oscuridad, me encontré, sin saber cómo, en el umbral de tu puerta.
Me riñeron los sabios, y me dijeron que me fuera, porque yo no había venido por el callejón. Yo me iba con mi duda, pero tú me retuviste fuertemente.
Y la riña de ellos fue más agria cada día.
¡Qué bien entiendo tu voz y tu silencio!

¡Tu palabra sí que es sencilla, Maestro mío, no la de los que hablan de ti!
¡Qué bien entiendo la voz de tus estrellas y el silencio de tus árboles!
Y sé que mi corazón quisiera abrirse como una flor, que mi vida se ha llenado en una fuente escondida.
¡Vengo a levantar del polvo tu clarín!
¡Lejos de mí el sueño! ¡Quiero pasar entre el diluvio de las flechas!
Si te pedí descanso, fue sólo por avergonzarme. ¡Aquí me tienes ya!
¡Ayúdame tú a vestirme mi armadura; y que los duros golpes del mal saquen fuego de mi vida! ¡Bata mi corazón en dolor el tambor de tu victoria!
¡Libres del todo están mis manos, y vengo a levantar tu clarín!
¡Dame ese amor que conserva tranquilo el corazón!
No quiero amor que no sabe dominarse, de ese que como el vino parte de su vaso, espumoso, y se derrama, y se desperdicia en un momento.
Dame ese amor fresco y puro como tu lluvia, que bendice la tierra sedienta y colma las tinajas del hogar.

Amor que cale, bajando hasta su centro, la vida, y allí se extienda, como savia invisible, hasta las ramas del árbol de la existencia, y haga nacer las flores y los frutos.
¡Dame ese amor que conserva tranquilo el corazón, en plenitud de paz!
¡No sea yo tan cobarde!
No pida yo nunca estar libre de peligros, sino denuedo para afrontarlos.
No quiera yo que se apaguen mis dolores, sino que sepa dominarlos mi corazón.
No busque yo amigos por el campo de batalla de la vida, sino fuerza en mí.
No anhele yo, con afán temeroso, ser salvado, sino esperanza de conquistar, paciente, mi libertad.
¡No sea yo tan cobarde, Señor, que quiera tu misericordia en mi triunfo, sino tu mano apretada en mi fracaso!
La Paz es verdad, verdad el Bien, y verdad lo Eterno.
Todos los negros males del mundo se han salido de sus cauces.
No culpéis a nadie, hermanos. Bajad vuestras frentes, que el pecado ha sido vuestro y nuestro.
El corazón de Dios venía ardiendo durante siglos de cobardía de los débiles, de arrogancia de los fuertes, de codicias de la oronda prosperidad, de rencor de los dañados, de orgullo de razas, de insultos al hombre. Y la paz divina ha estallado al fin en tormenta.

El pecado, el mal, la muerte, que hemos conocido cada día, van ahora como nubes, por encima del mundo, mofándose de nosotros, con pasajera risa de relámpago. Y se detienen de pronto y se convierten en prodigio.
Vengan los hombres y digan: “No te tememos, Monstruo, porque te hemos arrancado nuestra vida cada día; y morimos con la fe de que la Paz es verdad, verdad el Bien, y verdad lo Eterno”.
Gracias, porque a mí me ha tocado estar con los humildes.
Alégrense y dente gracias, Señor, los que andan por el camino del orgullo, aplastando la vida humilde con sus pies, ensangrentando con sus huellas el verde tierno de la tierra; porque su día ha llegado.
Pero yo te las doy porque a mí me ha tocado estar con los humildes que sufren la carga del poder, y esconden sus caras y ahogan sus sollozos en la oscuridad; pues cada latido de nuestro dolor ha vibrado en la secreta profundidad de tu noche, y cada insulto ha sido acogido en tu gran silencio.
¡Y el día de mañana es nuestro!
¡Me voy a todas partes!
Están rotas mis ataduras, pagadas mis deudas, mis puertas de par en par… ¡Me voy a todas partes!
Ellos, acurrucados en su rincón, siguen tejiendo el pálido lienzo de sus horas; o vuelven a sentarse en el polvo, a contar sus monedas. Y me llaman para que no siga.
¡Pero ya mi espada está forjada, ya tengo puesta mi armadura, ya mi caballo se impacienta!... ¡Y yo ganaré mi reino!
RABINDRANAZ TAGORE, “La cosecha” (fragmentos), traducción de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Aguilar.

Tú no sabes abrir el capullo y convertirlo en flor.
No, tú no sabes abrir los capullos y convertirlos en flores. Los sacudes, los golpeas,…pero no está en ti el hacerlos florecer. Tu mano los mancha; les rasga sus hojas; los deshace en el polvo,…pero no les saca color alguno, ni ningún aroma.
¡Ay, tú no sabes abrir el capullo y convertirlo en flor!
Me has puesto entre los derrotados.
Me has puesto entre los derrotados. Sé bien que no ganaré, que no podré dejar la partida. ¡Me echaré en la charca, aunque no sea más que para irme al fondo! ¡Jugaré al juego de mi propia ruina!
Apostaré cuanto tengo; y cuando haya perdido lo último, me pondré a mí mismo. Entonces, ya arruinado del todo, habré ganado.
Me riñeron los sabios.
Ellos sabían el camino, y fueron en tu busca por el sendero angosto; pero yo lo ignoraba, y me salí de él, y me puse a vagar en la noche.
Como no me habían enseñado a temerte en la oscuridad, me encontré, sin saber cómo, en el umbral de tu puerta.
Me riñeron los sabios, y me dijeron que me fuera, porque yo no había venido por el callejón. Yo me iba con mi duda, pero tú me retuviste fuertemente.
Y la riña de ellos fue más agria cada día.
¡Qué bien entiendo tu voz y tu silencio!

¡Tu palabra sí que es sencilla, Maestro mío, no la de los que hablan de ti!
¡Qué bien entiendo la voz de tus estrellas y el silencio de tus árboles!
Y sé que mi corazón quisiera abrirse como una flor, que mi vida se ha llenado en una fuente escondida.
¡Vengo a levantar del polvo tu clarín!
¡Lejos de mí el sueño! ¡Quiero pasar entre el diluvio de las flechas!
Si te pedí descanso, fue sólo por avergonzarme. ¡Aquí me tienes ya!
¡Ayúdame tú a vestirme mi armadura; y que los duros golpes del mal saquen fuego de mi vida! ¡Bata mi corazón en dolor el tambor de tu victoria!
¡Libres del todo están mis manos, y vengo a levantar tu clarín!
¡Dame ese amor que conserva tranquilo el corazón!
No quiero amor que no sabe dominarse, de ese que como el vino parte de su vaso, espumoso, y se derrama, y se desperdicia en un momento.
Dame ese amor fresco y puro como tu lluvia, que bendice la tierra sedienta y colma las tinajas del hogar.

Amor que cale, bajando hasta su centro, la vida, y allí se extienda, como savia invisible, hasta las ramas del árbol de la existencia, y haga nacer las flores y los frutos.
¡Dame ese amor que conserva tranquilo el corazón, en plenitud de paz!
¡No sea yo tan cobarde!
No pida yo nunca estar libre de peligros, sino denuedo para afrontarlos.
No quiera yo que se apaguen mis dolores, sino que sepa dominarlos mi corazón.
No busque yo amigos por el campo de batalla de la vida, sino fuerza en mí.
No anhele yo, con afán temeroso, ser salvado, sino esperanza de conquistar, paciente, mi libertad.
¡No sea yo tan cobarde, Señor, que quiera tu misericordia en mi triunfo, sino tu mano apretada en mi fracaso!
La Paz es verdad, verdad el Bien, y verdad lo Eterno.
Todos los negros males del mundo se han salido de sus cauces.
No culpéis a nadie, hermanos. Bajad vuestras frentes, que el pecado ha sido vuestro y nuestro.
El corazón de Dios venía ardiendo durante siglos de cobardía de los débiles, de arrogancia de los fuertes, de codicias de la oronda prosperidad, de rencor de los dañados, de orgullo de razas, de insultos al hombre. Y la paz divina ha estallado al fin en tormenta.

El pecado, el mal, la muerte, que hemos conocido cada día, van ahora como nubes, por encima del mundo, mofándose de nosotros, con pasajera risa de relámpago. Y se detienen de pronto y se convierten en prodigio.
Vengan los hombres y digan: “No te tememos, Monstruo, porque te hemos arrancado nuestra vida cada día; y morimos con la fe de que la Paz es verdad, verdad el Bien, y verdad lo Eterno”.
Gracias, porque a mí me ha tocado estar con los humildes.
Alégrense y dente gracias, Señor, los que andan por el camino del orgullo, aplastando la vida humilde con sus pies, ensangrentando con sus huellas el verde tierno de la tierra; porque su día ha llegado.
Pero yo te las doy porque a mí me ha tocado estar con los humildes que sufren la carga del poder, y esconden sus caras y ahogan sus sollozos en la oscuridad; pues cada latido de nuestro dolor ha vibrado en la secreta profundidad de tu noche, y cada insulto ha sido acogido en tu gran silencio.
¡Y el día de mañana es nuestro!
¡Me voy a todas partes!
Están rotas mis ataduras, pagadas mis deudas, mis puertas de par en par… ¡Me voy a todas partes!
Ellos, acurrucados en su rincón, siguen tejiendo el pálido lienzo de sus horas; o vuelven a sentarse en el polvo, a contar sus monedas. Y me llaman para que no siga.
¡Pero ya mi espada está forjada, ya tengo puesta mi armadura, ya mi caballo se impacienta!... ¡Y yo ganaré mi reino!
RABINDRANAZ TAGORE, “La cosecha” (fragmentos), traducción de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Aguilar.
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