Keats: uno cuyo nombre fue escrito en el agua
31-03-2006 18:37:20
"Sólo se salvan los que en el mundo ven un concreto discurso de ideas, o, mejor todavía, el visible vestido de la potencia y de la grandeza de Dios. Keats sólo tuvo una Religión: la religión de la belleza. Cuando advirtió –y era lo suficientemente profundo para advertirlo- que también la belleza, apenas conquistada, no es nada si está sola, sólo le quedó esperar la muerte."
Una infinidad de gente conoce la inscripción que quiso escrita sobre la lápida de su tumba: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”.
La vida de John Keats fue, como es justo, breve, pero no tanto como para no poder contener casi todas las infelicidades. Yo creo que murió en el momento justo. La constitución de su espíritu no le hubiera permitido sobrevivir a la perfección alcanzada.
La belleza pura que había soñado de jovencillo floreció en sus manos, melancólica y roja como su sangre enferma: no hubiera podido ya añadir perfección a la perfección.
Decía que había muerto en el momento justo. Quería decir, de la manera menos cruda posible, que Keats, llegando rápidamente a una perfección insuperable, ya no tenía nada que decir. En otras palabras, no poseía un fondo anímico tan rico como para poder alimentar, durante otra época de su vida, su poesía. Sus cantos son torrentes de música, iluminados por todas las riquezas de la tierra y el cielo; pero torrentes que pronto acabarán en el mar.
Keats tenía sólo dos temas: el sentimiento agudo, más carnal que metafísico, de la naturaleza visible y la espera de la muerte. Este último, si hubiera sido repetido hasta el infinito, sin la confirmación de la desaparición real, poco a poco se hubiera convertido en estribillo fastidioso y un poquitín ridículo. Quien habla con frecuencia de la muerte no puede demorar demasiado el tétrico plazo: y los poetas de la muerte, en efecto, mueren jóvenes.
A primera vista, el sentimiento de la Naturaleza puede parecer una reserva más rica; pero quien no quiera empantanarse en los estanques de la repetición, pronto ve sus límites. Los modos eternos de las apariciones terrestres son pocos: cien versos de Dante o de Leopardi los fijan, con formas definitivas, para siempre.

Todo poeta nuevo que nace toma los “lugares comunes” y los transforma, si es grande, en lugares propios, pero no puede volver a empezar desde el principio. Es ya una milagrosa suerte que haya conseguido, por una vez, volver a ver, con ojos sorprendidos, los espectáculos milenarios y expresarlos con imágenes y armonías nuevas.
Sólo se salvan los que en el mundo ven un concreto discurso de ideas, o, mejor todavía, el visible vestido de la potencia y de la grandeza de Dios. Pero quien, como Keats, sólo siente en la hierba una almohada, y en el canto del ruiseñor la nostalgia del fin; en las flores, un adorno para el campo; en el cielo, un fondo para el temblor de las estrellas, y, en el fruto, una forma colorada y una pulpa para morder, no puede ir muy lejos.
Keats, y eso puede incluso ser un título de honor para un poeta, no tenía ideas, sino sólo sensaciones avivadas por fuertes, pero pocos, sentimientos. “¡Cómo quisiera creer en la inmortalidad!”, grita un día. Pero sólo creía en la perecedera dulzura de las cosas materiales y en el fin de todo. Con este pobre bagaje se pueden esculpir en oro estatuas inmaculadas, pero no brotan del alma los solemnes cantos que enlazan a la pequeña tierra con el infinito cielo.
Por eso sus dos contemporáneos, que pocas veces le igualaron en ternura y esplendor –Shelley y Byron-, dijeron mucho más. Tampoco ellos tenían un sistema divino de certezas; pero el panteísmo humanitario del primero y el pesimismo sarcástico del segundo, pudieron sostener durante más tiempo el vuelo de la poesía.
Keats sólo tuvo una Religión: la religión de la belleza. Cuando advirtió –y era lo suficientemente profundo para advertirlo- que también la belleza, apenas conquistada, no es nada si está sola, sólo le quedó esperar la muerte:
“Los pensamientos más tranquilos giran a nuestro alrededor; brotes de hojas, frutos que maduran en la quietud, soles de otoño que sonríen en la tarde sobre las tranquilas gavillas, la dulce mejilla de Safo, una sonriente respiración de niño, la arena que cae poco a poco en una ampolleta, un arroyo en el bosque; la muerte de un poeta.”
La había llamado durante toda su vida, y llegó demasiado pronto para la carne, pero no para la gloria.
GIOVANNI PAPINI, “Figuras humanas”, 1.921.
Una infinidad de gente conoce la inscripción que quiso escrita sobre la lápida de su tumba: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”.
La vida de John Keats fue, como es justo, breve, pero no tanto como para no poder contener casi todas las infelicidades. Yo creo que murió en el momento justo. La constitución de su espíritu no le hubiera permitido sobrevivir a la perfección alcanzada.
La belleza pura que había soñado de jovencillo floreció en sus manos, melancólica y roja como su sangre enferma: no hubiera podido ya añadir perfección a la perfección.
Decía que había muerto en el momento justo. Quería decir, de la manera menos cruda posible, que Keats, llegando rápidamente a una perfección insuperable, ya no tenía nada que decir. En otras palabras, no poseía un fondo anímico tan rico como para poder alimentar, durante otra época de su vida, su poesía. Sus cantos son torrentes de música, iluminados por todas las riquezas de la tierra y el cielo; pero torrentes que pronto acabarán en el mar.
Keats tenía sólo dos temas: el sentimiento agudo, más carnal que metafísico, de la naturaleza visible y la espera de la muerte. Este último, si hubiera sido repetido hasta el infinito, sin la confirmación de la desaparición real, poco a poco se hubiera convertido en estribillo fastidioso y un poquitín ridículo. Quien habla con frecuencia de la muerte no puede demorar demasiado el tétrico plazo: y los poetas de la muerte, en efecto, mueren jóvenes.
A primera vista, el sentimiento de la Naturaleza puede parecer una reserva más rica; pero quien no quiera empantanarse en los estanques de la repetición, pronto ve sus límites. Los modos eternos de las apariciones terrestres son pocos: cien versos de Dante o de Leopardi los fijan, con formas definitivas, para siempre.

Todo poeta nuevo que nace toma los “lugares comunes” y los transforma, si es grande, en lugares propios, pero no puede volver a empezar desde el principio. Es ya una milagrosa suerte que haya conseguido, por una vez, volver a ver, con ojos sorprendidos, los espectáculos milenarios y expresarlos con imágenes y armonías nuevas.
Sólo se salvan los que en el mundo ven un concreto discurso de ideas, o, mejor todavía, el visible vestido de la potencia y de la grandeza de Dios. Pero quien, como Keats, sólo siente en la hierba una almohada, y en el canto del ruiseñor la nostalgia del fin; en las flores, un adorno para el campo; en el cielo, un fondo para el temblor de las estrellas, y, en el fruto, una forma colorada y una pulpa para morder, no puede ir muy lejos.
Keats, y eso puede incluso ser un título de honor para un poeta, no tenía ideas, sino sólo sensaciones avivadas por fuertes, pero pocos, sentimientos. “¡Cómo quisiera creer en la inmortalidad!”, grita un día. Pero sólo creía en la perecedera dulzura de las cosas materiales y en el fin de todo. Con este pobre bagaje se pueden esculpir en oro estatuas inmaculadas, pero no brotan del alma los solemnes cantos que enlazan a la pequeña tierra con el infinito cielo.
Por eso sus dos contemporáneos, que pocas veces le igualaron en ternura y esplendor –Shelley y Byron-, dijeron mucho más. Tampoco ellos tenían un sistema divino de certezas; pero el panteísmo humanitario del primero y el pesimismo sarcástico del segundo, pudieron sostener durante más tiempo el vuelo de la poesía.
Keats sólo tuvo una Religión: la religión de la belleza. Cuando advirtió –y era lo suficientemente profundo para advertirlo- que también la belleza, apenas conquistada, no es nada si está sola, sólo le quedó esperar la muerte:
“Los pensamientos más tranquilos giran a nuestro alrededor; brotes de hojas, frutos que maduran en la quietud, soles de otoño que sonríen en la tarde sobre las tranquilas gavillas, la dulce mejilla de Safo, una sonriente respiración de niño, la arena que cae poco a poco en una ampolleta, un arroyo en el bosque; la muerte de un poeta.”
La había llamado durante toda su vida, y llegó demasiado pronto para la carne, pero no para la gloria.
GIOVANNI PAPINI, “Figuras humanas”, 1.921.
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