Radicalización política y anarquía autoritaria
28-03-2006 22:04:37
“O yo no sé nada de radicalización, o bien llamar traidores, fascistas, facciosos, a oponentes o manifestantes, es uno de sus síntomas. El mejor medio de radicalizar consiste en atribuir a los demás la intención de hacerlo, y la más vieja de las estratagemas para poner al adversario fuera de la ley es acusarle de conspirar”.
Ciertamente, si uno se niega a considerar grave o peligrosa una situación económica a menos que haya colas ante las panaderías, un paro multiplicado por diez, crac de los Bancos, suicidio colectivo de los agentes de Bolsa, podemos tener la seguridad de que seguiremos siendo optimistas durante mucho tiempo.
Pero hablemos en serio. Los “pesimistas” del verano de 1.981 temían precisamente lo que sucedió en la primavera de 1.982. Nunca habían dicho que aquello iba a pasar en el plazo de tres semanas, y la degradación hubiera podido alargarse tres años. Lo mismo puede ocurrir con la radicalización.
¿QUIÉN ES EL RADICAL?
¿Por qué en Francia se empezó a hablar de radicalización y qué es lo que hay que entender exactamente por eso? Recordémoslo: fue el propio François Mitterrand quien levantó la liebre. “Si fracaso –confiaba unos meses después de su elección a unos periodistas- habrá una radicalización del poder; y la oposición comete un error histórico, porque debería comprender que tiene el mejor gobierno posible en las circunstancias económicas y políticas actuales”.
Esta declaración presidencial contiene algunos ingredientes de una “lógica” de la radicalización. El primer ingrediente es la noción de fracaso económico, obsesión de toda izquierda socialista. Porque para la izquierda “fracaso” quiere decir crimen de alguien que no son ellos.
Al no poder prever a quién atribuir ese fatal espantajo, ese espectro eterno -el hecho de que tal vez el socialismo sea “en sí mismo” una mala medicina-, el partido que ocupa el poder en Francia distribuye equitativamente las responsabilidades de sus problemas entre sus diversos enemigos presuntos o naturales.
De ahí el segundo ingrediente de las declaraciones de Mitterrand, a saber, la extraña idea de que la oposición debe ayudar a triunfar a los socialistas so pena de perder el beneficio de la democracia. Incluso se han compilado antologías que los autodidactos pueden consultar con provecho. Estos libros contienen perlas ya históricas. El collar continúa aumentando.
TODO EL PODER PARA LA IZQUIERDA
Para Jean Poperen, número dos del Partido Socialista, “cuando la derecha pierde el poder, se niega a seguir jugando”. Pero “seguir jugando”, ¿quiere acaso decir “ayudar a la mayoría a realizar su programa”, lo cual en modo alguno constituye el deber de ninguna oposición? ¿O bien significa usar métodos antidemocráticos, cosa que no ha sucedido?
Del equívoco creado entre estos dos sentidos posibles tal vez nazcan temibles confusiones. Algunos no vacilan en disiparlas, como Didier Motchane, personaje sin duda algo marginal en el PS, pero que no deja de ser secretario nacional “encargado de la acción cultural”. En “Le Monde” expuso cómo concibe esta acción respecto a la información radiotelevisada: hay que abolir “esa consigna seráfica: ¡basta de caza de brujas!”, exigir que “el poder de izquierdas deje de creerse obligado a excusarse a cada segundo por perturbar algunas costumbres”, porque “el pluralismo no es neutralismo”.
El presidente de la Asamblea Nacional, Louis Mermaz, que no tiene nada de marginal, justifica esta filosofía de lo audiovisual considerando que “los sistemas de valores y de referencias de la izquierda no están suficientemente presentes en el conjunto de las informaciones”. ¡Es decir, que la televisión no es aún suficientemente gubernamental!
INTOLERANCIA HACIA LA SOCIEDAD CIVIL
Podríamos alargar la lista de estos alegatos a favor de la intolerancia. Es un verdadero alud. Para muchos comentaristas el ardor de los doctrinarios es solamente verbal, y seguirá limitándose a eso. En la práctica, dicen, el poder socialista ya ha elegido la vía del compromiso. Si el compromiso es en definitiva la tela de la que se corta la democracia –mientras que la radicalización exacerba los extremos-, es un punto de vista defendible el de que los socialistas han cultivado la radicalización en las palabras y el compromiso en los actos.
No sospechamos que nadie aspire a abusar del poder. Yo analizo un sistema, no los corazones. En un asunto tan delicado, a todo el mundo frena el temor de ser injusto, pero a todos acecha también el peligro de pecar de ingenuos. Por lo tanto, no seamos fiscales, seamos geólogos.
Las evoluciones políticas y sociales derivan mucho más que de las intenciones manifestadas por los hombres, de la lógica de las estructuras y de los mecanismos que las animan. Ahora bien, ¿a qué viene hacer profesión de liberalismo e incluso de descentralización, si se monta una organización cuyo mismo funcionamiento sólo es posible a costa de reformar el estatismo y la burocracia? Y en este terreno lo fundamental ya está decidido, votado, aplicado.
Las nacionalizaciones están hechas; los setecientos mil agentes municipales, departamentales y regionales se convierten en funcionarios del Estado; la última reorganización del Ministerio de Industria acentúa la concentración en manos del Estado de las iniciativas industriales, científicas y tecnológicas; en agricultura, las oficinas de productos refuerzan el dirigismo; ante el hundimiento de la inversión privada, el poder público se convierte de hecho en el principal, si no en el único inversor.
PERSECUCIÓN Y DESCALIFICACIÓN DE LOS DISIDENTES
Gestiones complementarias, hemos visto al gobierno hacer rechazar todas las enmiendas que tendían a garantizar el pluralismo político de los miembros de la Alta Autoridad de lo audiovisual, e intentan que las radios privadas despidieran a unos periodistas que sufrían una insoportable perversión: la clarividencia.
Tampoco abonan una suavización de las costumbres las acusaciones de “incivismo” contra los empresarios que se declaran en quiebra, la amenaza del primer ministro de someter a una discriminación previa las preguntas orales de los parlamentarios, la tentativa de terminar por la fuerza con el Estatuto de la capital, los excesos del ministro el Interior llamando “traidor” a un alcalde de París recalcitrante, los del ministro de Economía tachando a sus contradictores en la Asamblea de “gritones fascistoides”. Abuchear al jefe del Estado durante un desfile del 14 de julio, para los jefes socialistas, es una acción propia de “facciosos” y de “ligueros”.
O yo no sé nada de radicalización, o bien llamar “traidores”, “fascistas”, “facciosos”, “ligueros” a oponentes o manifestantes, es uno de sus síntomas. El mejor medio de radicalizar consiste en atribuir a los demás la intención de hacerlo, y la más vieja de las estratagemas para poner al adversario fuera de la ley es acusarle de conspirar.
En su entrevista con “Le Point” el primer ministro denuncia “ese extraño endurecimiento que se ha apoderado de las derechas”. Después de la matanza de la calle des Rosiers, el ministro del Interior disculpa su magnanimidad a la oposición, diciendo: “Yo no creo que las fuerzas de derecha francesas puedan cometer tales crímenes para desestabilizar el gobierno”. Imaginemos el escándalo que se hubiera producido si su predecesor en el cargo, después del atentado de la calle Copernic, hubiese creído que su generosidad le obligaba a declarar: “Yo no creo que el culpable sea el Partido Socialista.”
¿ES LA IZQUIERDA AUTORITARIA REALMENTE DEMOCRÁTICA?
En tiempos del “antiguo régimen” las izquierdas sospechaban que los “gaullistas” o sus sucesores no querían respetar la alternancia. Por parte de los “gaullistas”, ahora ya se ha demostrado que la respetan. Las izquierdas son las que tienen que probar que harán lo mismo. Porque a su ojos es muy difícil no pasar por faccioso.
Cuando las izquierdas están en la oposición es antidemocrático criticarlas, porque entonces se niega la alternancia; cuando están en el poder es antidemocrático criticarlas, porque entonces se niega el veredicto del sufragio universal.
El vocabulario socialista tiende incluso a desvalorizar la legitimidad del oponente. Según él, la vida política en Francia se presenta no bajo la forma normal, de mayoría contra oposición, sino bajo la metáfora del “cambio” y de la “hostilidad al cambio”, dando por supuesto que sólo el primero es querido por el pueblo, mientras que la segunda es ipso facto antidemocrática.
¿Simple facundia polémica? Ojalá que sea así. Pero repito que, más allá de las anécdotas, lo que cuenta es más que la radicalización de los hombres, la de las cosas, la de los sistemas irreversibles que, tarde o temprano, tendrán que romperse o desarrollar sus consecuencias.
Un Estado que se empeña en hacerlo todo, sólo puede elegir entre el autoritarismo y la anarquía. Y hay que aclarar que una cosa no excluye a la otra.
JEAN FRANÇOIS REVEL, “Le Point”, 6 de septiembre de 1.982.
Ciertamente, si uno se niega a considerar grave o peligrosa una situación económica a menos que haya colas ante las panaderías, un paro multiplicado por diez, crac de los Bancos, suicidio colectivo de los agentes de Bolsa, podemos tener la seguridad de que seguiremos siendo optimistas durante mucho tiempo.
Pero hablemos en serio. Los “pesimistas” del verano de 1.981 temían precisamente lo que sucedió en la primavera de 1.982. Nunca habían dicho que aquello iba a pasar en el plazo de tres semanas, y la degradación hubiera podido alargarse tres años. Lo mismo puede ocurrir con la radicalización.
¿QUIÉN ES EL RADICAL?
¿Por qué en Francia se empezó a hablar de radicalización y qué es lo que hay que entender exactamente por eso? Recordémoslo: fue el propio François Mitterrand quien levantó la liebre. “Si fracaso –confiaba unos meses después de su elección a unos periodistas- habrá una radicalización del poder; y la oposición comete un error histórico, porque debería comprender que tiene el mejor gobierno posible en las circunstancias económicas y políticas actuales”.
Esta declaración presidencial contiene algunos ingredientes de una “lógica” de la radicalización. El primer ingrediente es la noción de fracaso económico, obsesión de toda izquierda socialista. Porque para la izquierda “fracaso” quiere decir crimen de alguien que no son ellos.
Al no poder prever a quién atribuir ese fatal espantajo, ese espectro eterno -el hecho de que tal vez el socialismo sea “en sí mismo” una mala medicina-, el partido que ocupa el poder en Francia distribuye equitativamente las responsabilidades de sus problemas entre sus diversos enemigos presuntos o naturales.
De ahí el segundo ingrediente de las declaraciones de Mitterrand, a saber, la extraña idea de que la oposición debe ayudar a triunfar a los socialistas so pena de perder el beneficio de la democracia. Incluso se han compilado antologías que los autodidactos pueden consultar con provecho. Estos libros contienen perlas ya históricas. El collar continúa aumentando.
TODO EL PODER PARA LA IZQUIERDA
Para Jean Poperen, número dos del Partido Socialista, “cuando la derecha pierde el poder, se niega a seguir jugando”. Pero “seguir jugando”, ¿quiere acaso decir “ayudar a la mayoría a realizar su programa”, lo cual en modo alguno constituye el deber de ninguna oposición? ¿O bien significa usar métodos antidemocráticos, cosa que no ha sucedido?
Del equívoco creado entre estos dos sentidos posibles tal vez nazcan temibles confusiones. Algunos no vacilan en disiparlas, como Didier Motchane, personaje sin duda algo marginal en el PS, pero que no deja de ser secretario nacional “encargado de la acción cultural”. En “Le Monde” expuso cómo concibe esta acción respecto a la información radiotelevisada: hay que abolir “esa consigna seráfica: ¡basta de caza de brujas!”, exigir que “el poder de izquierdas deje de creerse obligado a excusarse a cada segundo por perturbar algunas costumbres”, porque “el pluralismo no es neutralismo”.
El presidente de la Asamblea Nacional, Louis Mermaz, que no tiene nada de marginal, justifica esta filosofía de lo audiovisual considerando que “los sistemas de valores y de referencias de la izquierda no están suficientemente presentes en el conjunto de las informaciones”. ¡Es decir, que la televisión no es aún suficientemente gubernamental!
INTOLERANCIA HACIA LA SOCIEDAD CIVIL
Podríamos alargar la lista de estos alegatos a favor de la intolerancia. Es un verdadero alud. Para muchos comentaristas el ardor de los doctrinarios es solamente verbal, y seguirá limitándose a eso. En la práctica, dicen, el poder socialista ya ha elegido la vía del compromiso. Si el compromiso es en definitiva la tela de la que se corta la democracia –mientras que la radicalización exacerba los extremos-, es un punto de vista defendible el de que los socialistas han cultivado la radicalización en las palabras y el compromiso en los actos.
No sospechamos que nadie aspire a abusar del poder. Yo analizo un sistema, no los corazones. En un asunto tan delicado, a todo el mundo frena el temor de ser injusto, pero a todos acecha también el peligro de pecar de ingenuos. Por lo tanto, no seamos fiscales, seamos geólogos.
Las evoluciones políticas y sociales derivan mucho más que de las intenciones manifestadas por los hombres, de la lógica de las estructuras y de los mecanismos que las animan. Ahora bien, ¿a qué viene hacer profesión de liberalismo e incluso de descentralización, si se monta una organización cuyo mismo funcionamiento sólo es posible a costa de reformar el estatismo y la burocracia? Y en este terreno lo fundamental ya está decidido, votado, aplicado.
Las nacionalizaciones están hechas; los setecientos mil agentes municipales, departamentales y regionales se convierten en funcionarios del Estado; la última reorganización del Ministerio de Industria acentúa la concentración en manos del Estado de las iniciativas industriales, científicas y tecnológicas; en agricultura, las oficinas de productos refuerzan el dirigismo; ante el hundimiento de la inversión privada, el poder público se convierte de hecho en el principal, si no en el único inversor.
PERSECUCIÓN Y DESCALIFICACIÓN DE LOS DISIDENTES
Gestiones complementarias, hemos visto al gobierno hacer rechazar todas las enmiendas que tendían a garantizar el pluralismo político de los miembros de la Alta Autoridad de lo audiovisual, e intentan que las radios privadas despidieran a unos periodistas que sufrían una insoportable perversión: la clarividencia.
Tampoco abonan una suavización de las costumbres las acusaciones de “incivismo” contra los empresarios que se declaran en quiebra, la amenaza del primer ministro de someter a una discriminación previa las preguntas orales de los parlamentarios, la tentativa de terminar por la fuerza con el Estatuto de la capital, los excesos del ministro el Interior llamando “traidor” a un alcalde de París recalcitrante, los del ministro de Economía tachando a sus contradictores en la Asamblea de “gritones fascistoides”. Abuchear al jefe del Estado durante un desfile del 14 de julio, para los jefes socialistas, es una acción propia de “facciosos” y de “ligueros”.
O yo no sé nada de radicalización, o bien llamar “traidores”, “fascistas”, “facciosos”, “ligueros” a oponentes o manifestantes, es uno de sus síntomas. El mejor medio de radicalizar consiste en atribuir a los demás la intención de hacerlo, y la más vieja de las estratagemas para poner al adversario fuera de la ley es acusarle de conspirar.
En su entrevista con “Le Point” el primer ministro denuncia “ese extraño endurecimiento que se ha apoderado de las derechas”. Después de la matanza de la calle des Rosiers, el ministro del Interior disculpa su magnanimidad a la oposición, diciendo: “Yo no creo que las fuerzas de derecha francesas puedan cometer tales crímenes para desestabilizar el gobierno”. Imaginemos el escándalo que se hubiera producido si su predecesor en el cargo, después del atentado de la calle Copernic, hubiese creído que su generosidad le obligaba a declarar: “Yo no creo que el culpable sea el Partido Socialista.”
¿ES LA IZQUIERDA AUTORITARIA REALMENTE DEMOCRÁTICA?
En tiempos del “antiguo régimen” las izquierdas sospechaban que los “gaullistas” o sus sucesores no querían respetar la alternancia. Por parte de los “gaullistas”, ahora ya se ha demostrado que la respetan. Las izquierdas son las que tienen que probar que harán lo mismo. Porque a su ojos es muy difícil no pasar por faccioso.
Cuando las izquierdas están en la oposición es antidemocrático criticarlas, porque entonces se niega la alternancia; cuando están en el poder es antidemocrático criticarlas, porque entonces se niega el veredicto del sufragio universal.
El vocabulario socialista tiende incluso a desvalorizar la legitimidad del oponente. Según él, la vida política en Francia se presenta no bajo la forma normal, de mayoría contra oposición, sino bajo la metáfora del “cambio” y de la “hostilidad al cambio”, dando por supuesto que sólo el primero es querido por el pueblo, mientras que la segunda es ipso facto antidemocrática.
¿Simple facundia polémica? Ojalá que sea así. Pero repito que, más allá de las anécdotas, lo que cuenta es más que la radicalización de los hombres, la de las cosas, la de los sistemas irreversibles que, tarde o temprano, tendrán que romperse o desarrollar sus consecuencias.
Un Estado que se empeña en hacerlo todo, sólo puede elegir entre el autoritarismo y la anarquía. Y hay que aclarar que una cosa no excluye a la otra.
JEAN FRANÇOIS REVEL, “Le Point”, 6 de septiembre de 1.982.
Categoría: Política 1 Comentario(s) & 1 Referencia(s)
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Hizo la Referencia 546c7fdac567ba6ad5d7 el día 2007-12-23 09:18:01h.
546c7fdac567
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Comentario hecho por Jesús Valera, el día 25-10-2007 12:38:54h.
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