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Cómo destruir la sociedad (I)

30-12-2005 14:41:36
Chuang Tzu era algo más que un metafísico y un iluminado. Buscaba la forma de destruir la sociedad.

FUERA LOS SENTIMENTALISMOS

No existe nada de sentimentalismo en él. Se compadece del rico más que del pobre, suponiendo que alguna vez se compadezca de alguien, y la prosperidad le parece cosa tan trágica como el sufrimiento. No siente nada de la moderna simpatía hacia los fracasos, ni tampoco está de acuerdo en que las recompensas sean siempre otorgadas, en el campo moral, a los que llegan los últimos en la carrera.

Es a la propia raza a la que objeta, y respecto a la simpatía activa, que en nuestra época ha cambiado el rumbo de tantas personas valiosas, cree que tratar de hacer buenos a los demás es una ocupación tan ridícula como “la de golpear un tambor en un bosque para encontrar a un fugitivo”. Es malgastar energía. Eso es todo. Por tanto un hombre simpático es, a los ojos de Chuang Tzu, simplemente un hombre que está siempre tratando de ser algo más, y así desconoce la única excusa posible para su propia existencia.

Sí; por increíble que parezca, este curioso pensador volvía la vista con cierta pena hacia la Edad de Oro, en que no existían exámenes de competencia, ni fastidiosos sistemas educativos, ni misioneros, ni comidas económicas para el pueblo, ni iglesias, ni sociedades humanitarias, ni insulsas lecturas acerca de los deberes de cada cual para con su semejante, ni tediosos sermones de tesis.

VIDAS SENCILLAS Y PACÍFICAS

En esos días ideales, nos cuenta, las gentes se amaban sin tener conciencia de la caridad y sin escribir nada que se relacionase con ella en los periódicos. Puesto que cada hombre guardaba para sí sus propios conocimientos, el mundo se libraba del escepticismo, y como cada hombre conservaba para sí también sus virtudes, nadie se mezclaba en los asuntos ajenos. Vivían unas vidas sencillas y pacíficas, y se contentaban con los alimentos y ropas que cada cual podía conseguir.

Los distritos vecinales estaban a la vista, y “los gallos y los perros de cada cual podían ser oídos por los demás”, pero las personas crecían, envejecían y morían sin jamás intercambiarse visitas. No había conversaciones sobre hombres inteligentes, ni homenajes a hombres bondadosos. El intolerable sentido de la obligación era desconocido. Los hechos de la Humanidad no dejaban rastro, y sus asuntos no pasaban a manos de estúpidos historiadores con cargo a la posteridad.

OSCAR WILDE, "Un sabio chino".


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