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La utopía de Montesquieu (III)

25-12-2005 20:20:40
NINGÚN OTRO YUGO QUE LA VIRTUD NATURAL

Crecía cada día la población, tanto que creyendo los trogloditas que era conveniente elegir un monarca, acordaron otorgar el cetro al que más justo fuese, y pusieron los ojos en un anciano, por su edad y por la constancia de su virtud venerable, el cual no había querido asistir a esta asamblea y se había retirado a su casa traspasado su pecho de dolor.

Pues cuando le enviaron diputados que le dieron cuenta de la elección que en él había recaído, dijo: “No quiera el Cielo que haga yo a los trogloditas el agravio de que puedan decir que no se halla entre ellos ninguno más justo que yo. Me dais la corona, y si os empeñáis en ello fuerza será que la admita; sabed, no obstante, que moriré del pesar de haber visto, cuando nací, libres a los trogloditas, y de verlos hoy súbditos”.

Vertió al decir esto un raudal e lágrimas. “¡Oh día desventurado!, exclamaba, ¿por qué he vivido yo tanto?” Luego, con voz más severa, continuó: “Bien veo, trogloditas, que ya empieza a seros pesada vuestra virtud. En la situación en que os halláis, no teniendo cabeza, preciso es que aún a vuestro pesar seáis virtuosos; pues sin eso no podríais subsistir y caeríais en las desdichas de vuestros antepasados. Pero se os hace muy duro este yugo, y más bien queréis sujetaros a un príncipe, y obedecer sus leyes, menos rígidas que vuestras costumbres, sabiendo que entonces podréis satisfacer vuestra ambición, granjear riquezas y dormiros en delicados deleites; y que no necesitaréis de la virtud con tal que no cometáis delitos horrorosos”. Se paró aquí un rato y se deshizo en llanto más abundante que el primero.

“¿Mas qué queréis que haga?, ¿cómo he de dar preceptos a un troglodita?, ¿queréis que él ejecute acciones virtuosas porque yo se lo mande, aunque sin mi mandato las haría, siguiendo sólo su inclinación natural?”.

“¡Oh, trogloditas!, ya he llegado al último lindero de la vida; helada corre ya la sangre por mis venas, en breve voy a ver a vuestros sacrosantos mayores. ¿Por qué queréis que los llene de desconsuelo obligándome a contarles que os dejo sujetos a otro yugo que el de la virtud?”

MONTESQUIEU, Cartas persas, 1.721.

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