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La utopía de Montesquieu (II)

25-12-2005 19:45:54
LA GUERRA DE LA INJUSTICIA CONTRA LA VIRTUD

Sería nunca acabar hablarte de la virtud de los trogloditas. Uno decía un día: mañana ha de ir mi padre a arar su finca; yo me levantaré dos horas antes de que amanezca y cuando vaya lo encontrará ya arado. A otro le fueron a decir que unos ladrones se habían llevado su ganado: mucho lo siento, respondió, porque en él había una novilla blanca que pensaba sacrificar a los dioses. A uno se le oía: tengo que ir al templo a dar gracias a los dioses de que haya recuperado la salud mi hermano, tan amado de mi padre, y a quien yo quiero tanto. O bien: en el terreno que linda con el de mi padre están los labradores expuestos todo el día al calor del sol; es preciso que plante en él dos árboles para que puedan los pobrecitos ir algunos ratos a descansar a su sombra.

Un día que estaban reunidos muchos trogloditas, habló un anciano de un mozo de quien sospechaba que había cometido una acción fea, y se la reprendió agriamente. Creemos que no ha cometido ese delito, dijeron los otros mozos; pero si la ha cometido, ¡ojalá que muera el último de su familia!

Vinieron a decir a un troglodita que estaban unos extranjeros saqueando su casa y se lo habían llevado todo. Si no fueran injustos, replicó, quisiera que les otorgaran los dioses una posesión más amplia que a mí.

Con tanta prosperidad se excitó la envidia ajena; juntáronse los pueblos inmediatos y con fútiles pretextos resolvieron robarles sus ganados. Así que se supo esta determinación, les enviaron los trogloditas embajadores que hablaron así: ¿Qué os han hecho los trogloditas? ¿Os han quitado vuestras mujeres, robado vuestras reses o asolado vuestros campos? No; que somos justos y tememos a los dioses. ¿Qué queréis de nosotros? ¿Pedís lana para haceros vestidos? ¿Pedís leche de nuestros ganados o frutos de nuestras tierras? Dejad las armas, venid en medio de nosotros y todo os lo daremos. Pero por cuanto más hay de sagrado os juramos que si como enemigos os metéis en nuestro país, os miraremos como a un pueblo sin justicia y os trataremos como a fieras.

Oyeron con desprecio estas razones aquellos pueblos salvajes, y entraron en el país de los trogloditas figurándose que éstos sólo a su inocencia confiaban su defensa. Mas estaban bien preparados para defenderse, y habían colocado en medio de ellos a sus hijos y sus mujeres. Los había dejado pasmados no la multitud de sus enemigos, sino su sinrazón. Se inflamaron con un nuevo ardor sus pechos; quería uno morir por su padre; por su mujer y sus hijos, otro; éste por sus hermanos, aquél por sus amigos, todos por el pueblo troglodita. El puesto del que moría, al punto lo ocupaba otro, que, además de la causa común, tenía una muerte particular que vengar.

Esta fue la guerra de la injusticia contra la virtud. Aquellos pueblos cobardes que sólo querían robar apelaron sin vergüenza a la fuga, y cedieron a la virtud de los trogloditas, sin que ésta hiciese mella en sus ánimos.

MONTESQUIEU, Cartas persas, 1.721.

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