La utopía de Montesquieu (I)
25-12-2005 19:04:40
HOMBRES MUY RAROS QUE TENÍAN HUMANIDAD
Ya has visto, Mirza querido, cómo su propia perversidad acabó con los trogloditas y fueron víctimas de su injusticia. Sólo quedaron dos familias, de tantas como eran, que evitaron las desgracias de la nación.
Había en el país dos hombres muy raros que tenían humanidad, conocían la justicia, tenían apego a la virtud, y no menos estrechamente unidos por la rectitud de su corazón que por lo estragado del de los otros; eran testigos de la general desolación.
Con recíproco celo se afanaban por el interés uno de otro; no tenían otras contiendas que las de una tierna y cariñosa amistad provenían; y en el rincón más remoto del país, separados de sus paisanos, que no eran dignos de su presencia, vivían serena y feliz vida, y parecía que cultivada la tierra por tan virtuosas manos daba espontáneamente frutos.
Amaban a sus mujeres, que los querían entrañablemente. Todo su esmero lo cifraban en criar sus hijos en la práctica de la virtud. Sin cesar les contaban las desventuras de sus paisanos, poniéndoles a la vista su funesto ejemplo; hacíanles particularmente palpable que siempre el interés de los particulares se halla en el común interés; que quien de él se quiere separar, se quiere perder; que no es la virtud cosa que cueste afanes; que no la hemos de mirar como un penoso ejercicio, y que la justicia con los demás es caridad consigo mismo.
En breve gozaron el consuelo de los padres virtuosos, que es tener hijos que se les parecen. El pueblo nuevo, que a su vista crecía, se aumentó con dichosos casamientos; multiplicóse el número de hombres, su unión siempre fue la misma; y lejos de enflaquecerse la virtud con la muchedumbre, se fue fortaleciendo con más y más reiterados ejemplos.
¿Quién pudiera pintar aquí la ventura de estos trogloditas? Tan justificado pueblo había de ser amado de los dioses. Así que abrió los ojos para conocerlos, aprendió a temerlos, y suavizó la religión lo áspero que en sus costumbres había dejado la naturaleza.
Al anochecer, cuando volvían los ganados de la pradera y arrastraban los fatigados bueyes el arado, se juntaban, y en un frugal banquete cantaban la injusticia y las desventuras de los primeros trogloditas, así como la virtud y la felicidad que con un nuevo pueblo renacían; celebraban la grandeza de los dioses, su favor propicio siempre al hombre que los implora, y su inevitable enojo con el que no los teme; luego describían las delicias de la vida rústica y la venturosa condición de los que siempre adorna la inocencia. Entregábanse después al sueño, que nunca las preocupaciones ni los pesares interrumpían.
No menos abastecía la naturaleza sus deseos que sus necesidades. Era ignorada en este afortunado país la codicia; hacíanse mutuos regalos, y quien más daba se creía el más beneficiado.
Mirábase el pueblo troglodita como una sola familia; casi siempre andaban mezclados los ganados, y el único afán del que se desentendían era el de repartirlos”.
MONTESQUIEU, Cartas persas, 1.721.
Ya has visto, Mirza querido, cómo su propia perversidad acabó con los trogloditas y fueron víctimas de su injusticia. Sólo quedaron dos familias, de tantas como eran, que evitaron las desgracias de la nación.
Había en el país dos hombres muy raros que tenían humanidad, conocían la justicia, tenían apego a la virtud, y no menos estrechamente unidos por la rectitud de su corazón que por lo estragado del de los otros; eran testigos de la general desolación.
Con recíproco celo se afanaban por el interés uno de otro; no tenían otras contiendas que las de una tierna y cariñosa amistad provenían; y en el rincón más remoto del país, separados de sus paisanos, que no eran dignos de su presencia, vivían serena y feliz vida, y parecía que cultivada la tierra por tan virtuosas manos daba espontáneamente frutos.
Amaban a sus mujeres, que los querían entrañablemente. Todo su esmero lo cifraban en criar sus hijos en la práctica de la virtud. Sin cesar les contaban las desventuras de sus paisanos, poniéndoles a la vista su funesto ejemplo; hacíanles particularmente palpable que siempre el interés de los particulares se halla en el común interés; que quien de él se quiere separar, se quiere perder; que no es la virtud cosa que cueste afanes; que no la hemos de mirar como un penoso ejercicio, y que la justicia con los demás es caridad consigo mismo.
En breve gozaron el consuelo de los padres virtuosos, que es tener hijos que se les parecen. El pueblo nuevo, que a su vista crecía, se aumentó con dichosos casamientos; multiplicóse el número de hombres, su unión siempre fue la misma; y lejos de enflaquecerse la virtud con la muchedumbre, se fue fortaleciendo con más y más reiterados ejemplos.
¿Quién pudiera pintar aquí la ventura de estos trogloditas? Tan justificado pueblo había de ser amado de los dioses. Así que abrió los ojos para conocerlos, aprendió a temerlos, y suavizó la religión lo áspero que en sus costumbres había dejado la naturaleza.
Al anochecer, cuando volvían los ganados de la pradera y arrastraban los fatigados bueyes el arado, se juntaban, y en un frugal banquete cantaban la injusticia y las desventuras de los primeros trogloditas, así como la virtud y la felicidad que con un nuevo pueblo renacían; celebraban la grandeza de los dioses, su favor propicio siempre al hombre que los implora, y su inevitable enojo con el que no los teme; luego describían las delicias de la vida rústica y la venturosa condición de los que siempre adorna la inocencia. Entregábanse después al sueño, que nunca las preocupaciones ni los pesares interrumpían.
No menos abastecía la naturaleza sus deseos que sus necesidades. Era ignorada en este afortunado país la codicia; hacíanse mutuos regalos, y quien más daba se creía el más beneficiado.
Mirábase el pueblo troglodita como una sola familia; casi siempre andaban mezclados los ganados, y el único afán del que se desentendían era el de repartirlos”.
MONTESQUIEU, Cartas persas, 1.721.
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