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La fuerza y el prestigio de la libertad

14-12-2005 23:02:09
Unas semanas o unos meses de arresto en un castillo hubiesen bastado para sancionar una seria infracción a esa ley militar que Henri Martin aceptaba plenamente al enrolarse en la Marina. Sería preferible decir, si es que va a continuar en prisión, que se le tiene preso porque es comunista.

Quedaría únicamente justificar esta decisión y después construir, a falta de los alojamientos que estamos necesitando, los miles de prisiones necesarias para encerrar en ellas a los millones de electores comunistas.



Personalmente, aunque firmemente opuesto a la doctrina y a la práctica del comunismo estalinista, yo creo que esta justificación es imposible y que es preciso, por el contrario, hacer que se beneficien los comunistas de las libertades democráticas en toda la medida en que se benefician los demás ciudadanos.

Por supuesto, no me hago ilusión alguna sobre el gusto de los dirigentes comunistas por las libertades democráticas en el momento en que se trate de sus adversarios. Pienso únicamente que los incesantes procesos estalinistas, por ejemplo, y esas repugnantes sesiones en que una mujer y su hijo vienen a pedir los peores castigos para su marido o su padre, constituyen la mayor debilidad de los regímenes llamados “populares”.

Y creo que los verdaderos liberales no ganarán nada en abdicar de su mayor fuerza, aquella que ha hecho ya retroceder en Occidente, en individuos y colectividades, a las empresas de colonización estalinista: la fuerza de la equidad y el prestigio de la libertad.

En todo caso, una democracia no puede, sin contradecirse, reducir una doctrina por medio de los tribunales, sino únicamente combatirla sin debilidad, al mismo tiempo que le asegura la libertad de expresión.

Una policía, a menos de generalizar el terror, jamás ha podido resolver los problemas planteados por la oposición. No es con la represión como se contestará a las cuestiones planteadas por los pueblos colonizados, por la política de tugurios y la injusticia social.

La democracia, si es consecuente, no puede disfrutar las ventajas del totalitarismo. Todo lo que puede hacer es esforzarse en oponer a la injusticia apoyada en la fuerza, la fuerza fundada sobre la justicia. Debe, pues, o bien aceptar su desventaja, reconocer sus considerables taras y emprender entonces las reformas que constituirán su verdadera fuerza, o bien renunciar a sí misma para convertirse en totalitaria (y, en ese caso, ¿en nombre de qué combatiría el totalitarismo?).

ALBERT CAMUS, “Defensa de la libertad”, 1952.

Categoría: Antología de la claridad 2 Comentario(s) & 0 Referencia(s)



Referencias


Comentarios
Comentario hecho por conchita, el día 05-10-2006 07:24:03h.
me encanto tu articulo, aunque me hubiese gustado que fuera un poco mas extenso y que explicara mas las cosas; no es que yo sea comunista o totalitarista, de echo le voy mas a la democracia yo creo que ese debe a la educacion que tenemos y porque vivo en un pais democratico, pero tu articulo hace ver que el totalitarismo no es del todo malo como muchos pensamos y la democracia tiene una gran desventaja frente al totalitarismo. felicidades y gracias por mostrar el articulo

Comentario hecho por Oliver, el día 05-10-2006 09:32:58h.
Conchita:

Gracias por tu comentario. Espero que no consideres ambigüedad respecto a la libertad y la ventaja indudable de la democracia frente a toto tipo de totalitarismo la opinión de Camus. Fíjate en el título que le he puesto a este artículo, lo único que hay mío en el texto.

¿Por qué lo he publicado? Precisamente porque Camus adoptó la única postura que me parece democrática ante la persecución que en los países liberales de Europa se estaba desatando contra los comunistas. No soy comunista. Pero creo que la única forma de neutralizar su avance totalitario (estamos en 1952) era el propuesto por Camus: oponer a la dictadura soviética la fuerza y el prestigio de la libertad democrática.

Si lees otros artículos de Camus en nuestro nuevo alojamiento, verás que no había ambigüedad en su pensamiento, como, en cambio, lo hubo en Sartre y otros intelectuales europeos.

Un saludo.

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