Ideologías del miedo
14-12-2005 22:28:56
“Cuando la muerte se convierte en un asunto de estadísticas y de administración es, en efecto, que los asuntos del mundo no marchan. Pero si la muerte se hace abstracta, es que la vida también lo es. Y la vida de cada cual no puede ser sino abstracta a partir del momento en que uno se pliega a someterla a una ideología.
La desgracia es que estamos en el tiempo de las ideologías, y de ideologías totalitarias, es decir, lo bastante seguras de sí mismas, de su razón imbécil o de su corta verdad, para no ver la salvación del mundo más que en su propio dominio. Y querer dominar a alguien o a algo es desear la esterilidad, el silencio o la muerte de alguien. Para comprobarlo, basta con que miremos a nuestro alrededor.
No hay vida si no hay diálogo. Y en la mayor parte del mundo la polémica ha sustituido hoy al diálogo. El siglo XX es el siglo de la polémica y del insulto. Millares de voces, día y noche, cada una prosiguiendo por su parte un tumultuoso monólogo, vuelcan sobre los pueblos un torrente de palabras mistificadoras, ataques, defensas, exaltaciones.
¿Pero cuál es el mecanismo de la polémica? Consiste en considerar al adversario como enemigo; por consiguiente, en simplificarlo y negarse a verlo. Al que yo insulto, ni sé de qué color es su mirada ni, si sonríe, de qué forma lo hace. Cegadas tres cuartas partes de los hombres por la gracia de la polémica, vivimos no ya en medio de seres humanos, sino en un mundo de siluetas.
No hay vida sin persuasión. Y la vida de hoy no conoce más que la intimidación. El que quiere dominar es sordo. Frente a él hay que combatir o morir. Por eso es por lo que los hombres de hoy viven en el terror.
En el “Libro de los muertos” se lee que el egipcio justo para merecer su perdón, debía poder decir: “A nadie he producido miedo”. En estas condiciones será vano buscar a nuestros contemporáneos, el día del último juicio, en la fila de los bienaventurados”.
ALBERT CAMUS, “El testigo de la libertad”, 1948.
La desgracia es que estamos en el tiempo de las ideologías, y de ideologías totalitarias, es decir, lo bastante seguras de sí mismas, de su razón imbécil o de su corta verdad, para no ver la salvación del mundo más que en su propio dominio. Y querer dominar a alguien o a algo es desear la esterilidad, el silencio o la muerte de alguien. Para comprobarlo, basta con que miremos a nuestro alrededor.
No hay vida si no hay diálogo. Y en la mayor parte del mundo la polémica ha sustituido hoy al diálogo. El siglo XX es el siglo de la polémica y del insulto. Millares de voces, día y noche, cada una prosiguiendo por su parte un tumultuoso monólogo, vuelcan sobre los pueblos un torrente de palabras mistificadoras, ataques, defensas, exaltaciones.
¿Pero cuál es el mecanismo de la polémica? Consiste en considerar al adversario como enemigo; por consiguiente, en simplificarlo y negarse a verlo. Al que yo insulto, ni sé de qué color es su mirada ni, si sonríe, de qué forma lo hace. Cegadas tres cuartas partes de los hombres por la gracia de la polémica, vivimos no ya en medio de seres humanos, sino en un mundo de siluetas.
No hay vida sin persuasión. Y la vida de hoy no conoce más que la intimidación. El que quiere dominar es sordo. Frente a él hay que combatir o morir. Por eso es por lo que los hombres de hoy viven en el terror.
En el “Libro de los muertos” se lee que el egipcio justo para merecer su perdón, debía poder decir: “A nadie he producido miedo”. En estas condiciones será vano buscar a nuestros contemporáneos, el día del último juicio, en la fila de los bienaventurados”.
ALBERT CAMUS, “El testigo de la libertad”, 1948.
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