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El bien público

10-12-2005 23:24:40
Hace tiempo coincidimos en que habíamos realizado todos los objetivos y que nuestra única tarea era cuidar de otras gentes. Dijimos: “Es maravilloso, estamos realmente completos”. Si la col corriente, cerrada y sólida, pudiera caminar sobre su tallo, sería muy parecida a nosotros. Pensaría de sí misma lo que nosotros pensamos de nosotros, hablaría, como nosotros hablamos, del bien público.

Entonces ella diría: “Tengo que hacer algo”. Mirando a su alrededor, vería coles reducidas esforzándose en el huerto, y diría: “Tanta injusticia, tanto sufrimiento y pobreza en el mundo, no puede ser”. Entonces empezaría a trabajar para que las coles reducidas fueran buenas y exquisitas. Sería un reformista.

Empezaría a dar patadas, patadas, patadas contra las contradicciones que hacen que algunas coles sean pobres y reducidas, la mayoría más pobres y reducidas que ella. No haría más que dar patadas contra el aguijón.

Pero es muy útil dar patadas contra el aguijón. Te da la sensación y te libra de la necesidad de estallar.

Que nadie sufra, dijeron. Que ningún gato atrape a ningún ratón, a ningún ratón. Esto es una transgresión. Los ratones se convertirían entonces en animales domésticos, y los gatos lamerían la leche en paz, en el plato de la benevolencia absoluta.



Este es el milenio, la Edad de Oro futura, cuando todos estemos domesticados, y el león, el leopardo y el halcón vengan a nuestra puerta a beber leche y picotear las migajas, y no se oiga más ruido que los mugidos de vacas gordas y el balido de ovejas gordas.

Esta es la Edad Verde del futuro, la edad de la col perfecta. Ésta era nuestra esperanza y satisfacción; para esto, en esta esperanza, vivimos y morimos.

Así los virtuosos, los hombres de espíritu público han sufrido amargamente por el aspecto de su miríada de vecinos más o menos marchitos, a los que aman como a sí mismos. Han vivido y muerto para corregir las condiciones negativas de la injusticia social.

Somos una quejumbrosa masa de autoconciencia y corrupción, dentro de nuestra plausible cáscara. El más altruista, el más humanitario de todos nosotros, es el más vacío y lleno de corrupción. Cuanto más podridos estamos, más insistente y loco se vuelve nuestro deseo por mejorar las condiciones de nuestros más pobres, y quizá más sanos, vecinos.

D. H. LAWRENCE, “La Corona”.


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